LA VOZ DE VICTORIA DEL CREYENTE

Edición Febrero 2025

LA VOZ DE VICTORIA DEL CREYENTE - Revista publicada por los Ministerios Kenneth Copeland, disponible gratuitamente para personas que deseen suscribirse.

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LV V C : 5 Bueno, puede que ellos conozcan algunos hechos básicos acerca de la Cruz, pero no han entendido el verdadero poder que ésta conlleva. Si lo hicieran, entonces sabrían por qué el Nuevo Testamento nos dice claramente que «el mensaje de la cruz es ciertamente una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios» (1 Corintios 1:18). Observa que ese versículo no nos dice que la Cruz era el poder de Dios en días pasados. Dice que la Cruz es el poder de Dios que nos trae la salvación (es decir, la liberación de todo mal temporal y eterno) ahora mismo, hoy, en el presente, ¡y cada día de nuestra vida! Todo lo bueno proviene de la Cruz. Cambió el futuro entero de la humanidad y el cielo para siempre. La Cruz lo afectó todo. El problema radica en que la mayoría de nosotros ni siquiera empezamos a comprender la plenitud de lo que ocurrió en aquel entonces. Simplemente pen sa mos en el l a como el lu ga r donde Jesús pagó la pena por el pecado para que pudiéramos ir al cielo y escapar del infierno. Ese tipo de pensamiento es correcto, pero limitado. No es suficiente… hay mucho más que eso. Volviendo a los viejos tiempos Pa ra v islumbra r la plenit ud de lo que ocurrió realmente en la Cruz, tenemos que volver al principio, a la creación del hombre, y analizar cómo empezó todo. Tenemos que volver al pasado y averiguar en primer lugar cómo la amargura se infiltró en la corriente de la vida de la humanidad. Dios ciertamente no la había incluido allí. El LIBRO del Génesis nos dice que todo lo que Dios creó en la Tierra era bueno. Creó la tierra y el ag ua y «era bueno» (Génesis 1:10). Creó toda la vegetación y «era bueno» (versícu lo 12). Creó el sol, la luna y la s estrellas, los animales y todo ser viviente, y vio que eran buenos (versículo 25). A continuación, Dios formó el cuerpo del hombre del polvo de la Tierra e insufló en él Su propia vida después de decir: «¡Hagamos a l hombre a nuestra imagen y semejanza! ¡Q ue dom i ne …» (G éne si s 1 :2 6). En e se momento, el hombre se convirtió en un alma viviente. Fue revestido de la propia gloria de Dios. Dios mismo facultó a Adán (y más tarde a la esposa de Adán, Eva) para traer BENDICIÓN y prosperidad a toda la Tierra. Y, al finalizar, la Biblia dice que Dios vio «todo lo que había hecho, y todo ello era bueno en gran manera…» (versículo 31). ¡Era una época dorada! El toque de la muerte En aquellos días, Adán y Eva eran libres para disfrutar de la buena creación de Dios y reinar en el Edén como Sus representantes terrena les. Era n libres de disfruta r de la dulzura y la luz para siempre, con una sola condición: Debían cumplir los mandamientos de Dios. Todo dependía de eso. Si obedecía n los mandamientos de Dios, la vida sería gloriosa y maravillosa. Si desobedecían, morirían. La mentablemente, toma ron la decisión equivocada. Desobedecieron… y la luz de la gloria de Dios que una vez irradió desde ellos fue apagada por la oscuridad espiritual del pecado. El diablo, a quien habían obedecido, se conv i r tió en su señor. Su nat u ra leza mortal invadió sus espíritus, y todo lo bello que Dios había soplado en Adán y Eva fue instantáneamente retorcido y estropeado. El fruto del Espíritu de Dios que una vez llenó sus almas –cualidades como el amor, el gozo, la paz y la fe— se corrompió de repente. El amor se convirtió en odio. La alegría se convirtió en tristeza. La paz se convirtió en confusión. La fe se convirtió en miedo. La Unción de Dios que una vez les dio el poder de BENDICIR a la Tierra se transformó en un toque de muerte que maldijo a todo el planeta. La propia tierra estaba maldita por lo que les había ocurrido. Cada molécula estaba infectada. La Tierra, y todo lo que había en ella, estaba maldita. E n s í m i s m o e s o h a b r í a s i d o y a l o suficientemente malo. Pero el horror no se detuvo allí. Como Dios había ordenado que cada sem i l la produjera seg ú n su propia especie, Adá n y Eva estaba n destinados a r e p r o d u c i r h ij o s i n f e c t a d o s p o r l a maldición del pecado. Así que, cuanto más se multiplicaban, ¡más aumentaban los efectos de la maldición! Bajo la ma ldición del pecado, la vida en la Tierra, que antes había sido tan dulce, se TÚ HACES LA DIFERENCIA

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